miércoles, 1 de octubre de 2008
Los silencios del agua -Clea, Cuarteto de Alejandría, L. Durrell
Los silencios del agua transformaban todo lo humano en movimiento y, entonces, éramos como coloreadas proyecciones de ondinas pintadas sobre aquellas brillantes pantallas de roca y algas, repitiendo, imitando los ritmos del agua. Allí el pensamiento se desvanecía, se transformaba en alegría insondable, en movimiento. Veo la clara figura de Clea viajando como una estrella a través de aquel firmamento anochecido, con el pelo flotando en un ondulado ramaje de color. Y no solo allí, por supuesto: una ciudad se convierte en un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes. Toda una nueva geografía de Alejandría había nacido a través de Clea, recreando sus antiguos significados, renovando atmósferas semiolvidadas, arrastrando el aluvión multicolor de una nueva historia, una nueva biografía. Recuerdos de viejos cafés a lo largo de la costa en los bronceados plenilunios, los toldos rayados flotando en la brisa marina de la medianoche. Cenas tardías, la luna rielando nuestras copas. A la sombra de un minarete o en alguna franja de arena a la luz trémula de una lámpara de parafina. O cogiendo brazadas de capullos primaverales en el cabo de las higueras: ciclámenes brillantes, deslumbrantes anémonas.